viernes, 23 de junio de 2017

CORPUS CHRISTI

1. Haciendo camino. Somos iglesia peregrina, en camino, un camino siempre nuevo, a veces llano, a veces empinado, con hambre y sed, con cansancio y ganas de mirar para atrás, añorando el pasado o mirando adelante porque el presente se nos hace insoportable.. Pero Dios acompaña a su pueblo, pero sin escatimarle la sana experiencia de la limitación humana. Él no falla nunca. Cuando todo parece perdido, una fuente inesperada mana de una roca dura para apagar la sed o se descubre en el maná un alimento para cada etapa del camino. Pero cada día hay que salir a recogerlo, y cada día se debe compartir. Cuando se quiere guardar o acumular para el día siguiente, se echa a perder. En nuestro camino de cristianos de hoy Jesús se nos hace alimento. Pero hemos de madrugar para recogerlo. Es lo que hacemos domingo tras domingo. Es tan simple y tan vulgar que buena parte de los cristianos lo desconoce o lo menosprecia. Y así les va. Han de continuar caminando igualmente pero sin el apoyo de la Eucaristía y de la comunidad.
2. Pero no hacemos el camino solos. Son muchos los que lo recorren con nosotros. Parecemos granos de trigo dispersos. Pero en cada Eucaristía nos unimos en la humanidad resucitada de Jesús. Y todos juntos somos lo que comemos: formamos un solo cuerpo todos los que compartimos el mismo pan: la Eucaristía. La Eucaristía nos mantiene unidos aceptando al mismo tiempo y respetando las diferencias, integrándolas y enriqueciéndonos con ellas.
3. San Pablo, mientras nos lo recuerda, critica severamente a los cristianos de Corinto porque profanaban la Eucaristía aceptando con toda naturalidad que había cristianos de primera y cristianos de segunda. Los primeros llegaban a la santa Cena hartos y hasta ebrios, mientras los más pobres se quedaban sin nada. Llegaban tarde. Eran trabajadores o esclavos o madres de familia que apenas habían terminado su trabajo. Esto no es la Cena del Señor. Esto no es participar en la misa.
4. San Juan nos recuerda las maravillas del pan y del cáliz que compartimos. Nos da la vida de Dios. Y con la vida de Dios la dichosa esperanza de la resurrección. Cada comunión es una semilla de resurrección. Las comuniones que recibimos son como los granos de trigo que aparentemente mueren en nosotros, pero que a la larga germinan y se multiplican en resurrecciones de cada día hasta la resurrección final.
5. Comulgando participamos en la vida del Padre y del Hijo. Cristo permanece en nosotros y nosotros en Él. Y participamos también de la misma misión. Como el Padre me ha enviado, os envío yo a vosotros.
6. Y aquí encontramos el sentido de la fiesta del Corpus. Nació de la ilusión de los buenos cristianos que no veían bien a Jesús encerrado en el sagrario. Querían que Jesús viera y visitara las calles y las plazas del pueblo con tanta gente y con tantas flores y tanta alegría..
7. Hoy apenas hacemos procesiones. Esto nos dice una cosa muy importante. ¿Verdad que la Eucaristía nos convierte a todos en cuerpo de Cristo, en sacramentos de su presencia, en su cara visible? Pues bien: Jesús hoy se pasea por las plazas y calles y descansa en nuestra casa o en cualquier rincón del camino a través de nosotros. 
8. El P. Claret había recibido la gracia de vivir la eucaristía de una comunión a otra. Era tal su identificación con Jesús que se sentía Sagrario viviente. Con él Jesús llegaba a las personas con quien se encontraba. 
9. Cuando oigamos la palabra: Podéis ir en paz, a ver si los pocos o muchos cristianos que participamos en la Eucaristía, tomamos conciencia de que entonces empieza la misa: en cada cosa que hacemos o que sufrimos o que disfrutamos actualizamos la entrega de Jesús, hacemos el memorial del Señor.
10. Somos una fiesta de Corpus todos los días del año. Adornemos nuestro camino con retama y flores de todo tipo. Nuestros hermanos y nosotros –y ¡Jesús en nosotros!- nos lo merecemos.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: L'Osservatore Romano

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