lunes, 5 de diciembre de 2016

DOMINGO II DE ADVIENTO

1. Todo lo que dicen las Escrituras es para instruirnos, para que la fuerza y el consuelo que nos dan nos ayuden a mantener firme nuestra esperanza. Si alguna página de la Biblia nos trae consuelo y esperanza es la de hoy. Consuelo y esperanza es la maravilla que nos espera. Cuando todo parecía que se había secado y cuando solo  quedaba el tronco desnudo,  Isaías ve cómo del tronco seco  –que representa la dinastía de David-   nace un vástago excepcional: el Mesías. Sobre él reposará el Espíritu del Señor: la sabiduría de Salomón, la fuerza de David y el conocimiento y plena conexión con Dios de los profetas. Un rey ideal.
2. Un rey justo: su rasgo esencial es la justicia, orientada especialmente hacia los desvalidos y marginados, porque está convencido de que en cada uno de ellos está toda la dignidad de los hijos de Dios que, al parecer, habían acaparado para si los ricos y los poderosos de este mundo junto con el poder y la riqueza.
3. Como fruto de su gobierno ideal, se producen un cambio profundo en las relaciones humanas y con la naturaleza.  Hombres y naturaleza reanudan las relaciones rotas o poco fluidas. Es una perspectiva utópica, pero posible porque el conocimiento de Dios –la relación personal y viva entre Dios y los hombres- lo llenará todo. El hombre hará suyo el proyecto de Dios expresado en el paraíso primordial.
4. Pero la realidad es terca. Dios la quiere transformar no a base de milagros o de intervenciones fulminantes sino partiendo de la conversión de los corazones. La imagen del Bautista es impresionante. La vida austera en el comer y en el vestir señala a un hombre plenamente abierto al proyecto de Dios: nadie lo podrá acusar de alianzas con las fuerzas que abusan de este mundo y lo malogran. 
5. Juan anuncia que Dios se dispone a intervenir como rey en este mundo. Hay que prepararle el camino. Hay que atravesar un desierto que ha hecho difícil la relación del hombre con Dios y de Dios con el hombre. Allanar los caminos para el encuentro de Dios con su pueblo, el camino hacia la libertad de los israelitas esclavos en Babilonia.
5. Reconocerse pecadores y hacerse bautizar. El bautismo simboliza la conversión.  Sumergiéndose en el Jordán la gente expresa su disposición a empezar la nueva vida del nuevo pueblo de Dios. Y actualiza la antigua historia de Israel que se salvó atravesando el mar al salir de Egipto.
7. Entre la gente que acude a bautizarse se cuentan los líderes religiosos, políticos y sociales que causaron la deportación del pueblo a Babilonia. El lenguaje de Juan al verlos es directo y terrible. Seguro que nuestros contemporáneos no lo soportarían. ¿O es que lo soportaríamos nosotros? Se creen los santos del país y son víboras, serpientes de veneno mortal. Aprovechan la Ley para saltársela quedando con la conciencia tranquila, exigiendo a los otros lo que ellos son incapaces de cumplir. Dicen y no hacen, dirá de ellos más adelante Jesús.
8. Piensan que sin ellos Israel no sería. Están convencidos de que con ellos empiezan y acaban los hijos de Abrahán. Pues no: Dios no los necesita. Puede sacar de las piedras hijos de Abrahán, gente humilde, pobre y maltratada, que recorrerán contentos y agradecidos el camino de fe del gran patriarca. Más adelante Jesús les dirá que tienen el ADN del diablo, que es mentiroso y padre de la mentira, el destructor de la obra de Dios en el hombre.
9. El juicio de Dios es severo: El hacha ya apunta a la raíz. Hay que convertirse. Vivir de acuerdo con los principios que se predican. El Mesías no se contentará con el agua. Su bautismo será de fuego, el fuego del Espíritu que purifica el oro liberándolo de la escoria. El bieldo que separa el trigo de la paja. Es la fuerza del Espíritu purificador y creador.
10. Escuchemos el llamamiento de Juan a la conversión. ¿Convertirnos de qué? San Pablo nos  da una pista: aceptarnos mutuamente tal como Cristo, que nos espera, nos acoge y nos ama. Hagamos nuestra su oración: Que Dios, que os alienta y os conforta con la paciencia y el consuelo os conceda tener entre vosotros los mismos sentimientos de Jesucristo, de modo que, unánimes, a una voz glorifiquéis a Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esta actitud será la mejor preparación para la navidad. Un adviento saludable.
Texto: J. Sidera cmf
Foto: Cultura y Fe hoy

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