miércoles, 2 de noviembre de 2016

TRES PUBLICANOS SE CONFIESAN

1. Está terminando el Año de la Misericordia y precisamente el evangelio de estos domingos nos ofrece pruebas evidentes del Corazón misericordioso de Jesús con los pecadores y  publicanos.
2. Otra prueba de la bondad perenne del Corazón de Jesús es el gran sacramento de la reconciliación o del perdón. No tiene muy buena prensa este Sacramento, bastante mal comprendido. Personas muy entendidas muestran su ignorancia enciclopédica cuando suponen o afirman que los cristianos lo tenemos muy fácil: confiesas tus pecados, rezas tres padrenuestros y adiós muy buenas.
3. Ahora que se habla tanto de corrupción, imaginemos un caso. Un cristiano acude a la iglesia y de pronto se siente tremendamente acomplejado porque no da la talla: ha robado, ha hinchado facturas, ha falsificado documentos, no paga el  iva o tiene escondidos sus dinerillos en algún paraíso fiscal. Además ha propagado calumnias en los medios. Ahora lo reconoce ante el Señor. Ni siquiera osa a mirar el altar. Y se da golpes al pecho. Señor, perdóname. He pecado. Acude al cura que le espera en un rincón de la iglesia, le confiesa sus canalladas y  sale bien perdonado para su casa, hecho un hombre nuevo.
3. Ciertos tertulianos, sabihondos ellos, se escandalizan ante la impunidad del pecador confeso y arrepentido. No recuerdan, -¡lo ignoran!-,  que la absolución sacramental va condicionada por el compromiso de restituir el dinero, los bienes o la fama. El ladrón, el calumniador, el  defraudador no  tiene bastante con  darse golpes al pecho o mascullando padrenuestros.
4. Porque el pecado rompe la comunión con Dios y rompe también la relación con la comunidad. Por eso el sacramento tiene dos partes. En relación a Dios, recibes su perdón inmediatamente, como el publicano en el templo: Señor, soy un  pecador. Perdóname. Así de generosa es la misericordia de Dios.  Pero el pecado ha dejado heridas abiertas que ha de cerrar. Si has robado, has de restituir, si has calumniado has de devolver la fama, si has estafado a alguien, le tienes que resarcir.
5. Es el caso de  Zaqueo. Es rico y jefe de recaudadores. Pero no  está muy contento ni  orgulloso de ello. Oye decir que Jesús de Nazaret viene a  Jericó. Tiene ganas de verlo y de que Jesús lo mire. Seguramente que la mirada de Jesús no será acusadora como la de la gente. Es tan corto de talla que la multitud no le deja ver a Jesús.  Se sube a un árbol para verlo pasar,  sin importarle el ridículo. ¡Y de qué manera!  Jesús se para.  Zaqueo, date prisa, baja que hoy necesito hospedarme en tu casa. Dicho y hecho. Y la gente murmura. ¡No hay derecho! Jesús entra en casa de un  pecador, y no de un  pecador cualquiera.
6. De qué hablaron Jesús y  Zaqueo no nos consta. Pero el hombre, que se siente perdonado y aceptado por Jesús, toma conciencia de la cuenta pendiente que tiene con la sociedad. Y reacciona noblemente. No acusa a nadie ni se excusa de nada. Acepta su responsabilidad. Primero da la mitad de sus bienes a los pobres. Y pagará cuatro veces más por daños y perjuicios a los que ha perjudicado. Se quedará justo lo que necesita para vivir.
7. ¿Lo veis?, dice Jesús.  La salvación ha entrado en esta casa. Este hombre es tan hijo de Abrahán como el que más. Yo, el hijo del hombre, que he recibido del Padre el poder de  juzgar, he venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. Mi oficio es perdonar y reestructurar las personas.
8. Ahora el sacramento del perdón ha hecho todo su efecto. Ha anudado la conexión con Dios de quien Zaqueo recibe el perdón, y ha reanudado la relación con las personas perjudicadas. Está en paz con Dios y con los hermanos. Ya tenemos un hombre nuevo. El sacramento supone reconocer ante Dios los propios pecados y comprometerse a restituir y a resarcir todos los daños causados a las personas o a la sociedad. ¿Os imagináis que los presuntos corruptos se presentan a Jesús, piden perdón a Dios y a los hermanos mientras se vacían los bolsillos devolviendo el dinero, los bienes o la fama robados con acusaciones falsas?
9. Hay un tercer publicano que se dispone a cumplir la penitencia. Es el caso de Mateo o Leví. Es también publicano, ni mejor ni peor que Zaqueo o que aquel que subió al templo a rezar. Jesús lo encuentra sentado en despacho y lo invita a seguirlo. Mateo lo deja todo y pone a disposición de Jesús lo que sabe, tiene y puede para el servicio de Dios en los hermanos.
10. Si se acaba el jubileo de la Misericordia, alarguémoslo todo el tiempo que nos quede de vida obrando como Jesús: perdonando, reconciliando, haciendo el bien y colaborando a construir entre todos el mundo mejor que soñamos.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: carmiseuropa.org

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