lunes, 3 de octubre de 2016

IMAGENES TERRIBLES

Cualquier acostumbramiento me parece una limitación. Por eso,  justo lo contrario,  considero que es una grandeza vivir como novedad permanente la rutina de lo cotidiano. Pero, volviendo al acostumbramiento, tengo para mí que es una degradación acostumbrarse al mal. Los medios de comunicación, hoy omnipresentes en diferentes formatos, nos trasmiten imágenes en directo de ciudades, hoy, devastadas por la guerra, de niños, hoy, que no pueden crecer porque no son amados, de familias, hoy, que lo pierden todo, injustamente, y tienen que vivir bajo lonas que no entienden ni de pan ni de hogar, de hombres y mujeres, hoy, desconsiderados y maltratados por la violencia de los poderosos que se creen vivos y tienen el alma muerta, de hospitales de campaña, hoy, a donde llegan niños y mayores buscando un refugio que alivie su dolor. Lo dicho son sólo letras. Las imágenes, con el color de la herida que sangra, con el ocre de los rostros enloquecidos por el miedo y la soledad, con la oscuridad que se palpa desde la ceguera de la desesperanza, son terribles.  Da miedo que nos acostumbremos a estas imágenes y a que sigamos pensando en los partidos de fútbol, o en qué zapatos me pongo, o en qué marca de cerveza voy a pedir cuando me junte con la peña para entretener el tiempo mientras se nos presentan los destrozos de un mundo que se cae a pedazos por culpa de la indiferencia de nuestros ojos y de nuestro corazón.
No tengo que dar lecciones. Ni consejos. Menos aún imponer orientaciones o criterios. Pero mostrar lo que se nos muestra a todos con sólo abrir una de las muchas pantallas que hoy todos abrimos y decir que los ojos y el corazón están para sentir, no para que sean insensibles, me parece que se puede. Las guerras continúan. ¿Por qué no se paran? 

Texto: J.M. Ferrer
Foto: El Financiero.mx

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