domingo, 1 de mayo de 2016

DOMINGO VI DE PASCUA: In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas

1. Este domingo, como el domingo pasado, el Apocalipsis nos presenta la Iglesia recién estrenada: ideada y realizada por Dios. Una imagen ideal. Cuando la comparamos con la realidad de nuestras pequeñas comunidades, nos vemos tentados a sonreír como Sara, la mujer de  Abrahán cuando le prometían un hijo en su ancianidad. ¡Imposible! Pero, ¿hay algo imposible para Dios? ¿Y por qué no aprendemos a mirarnos a nosotros y a la Iglesia con los ojos de Dios y a amarnos con el corazón de Dios?
2. El Apocalipsis nos  invita a un día de muchas puertas y todas abiertas de par en par a los cuatro puntos cardinales. Doce en total. Representan el  Israel de todos los tiempos. La muralla de la ciudad descansa sobre 12 piedras, cada una con el nombre de un apóstol del Cordero. El pueblo de Dios en su conjunto.  No un hay lugar reservado exclusivamente a Dios, un santuario cerrado a todos nosotros. No  hace falta ni la luz del sol un la luz de la luna: la presencia gloriosa y amorosa del Padre y del Cordero –Jesucristo Resucitado-  lo  iluminan y lo llenan todo.
3. La Iglesia, en sus inicios, tenía miedo y cerraba las puertas a cal y canto de miedo que se  metiera cualquiera o se  infiltraran lobos con piel de cordero. Hacía una selección severa e imponía a todos unas normas muy estrictas. Para ser cristiano  de pleno derecho hacía falta primero ser un perfecto israelita.  Y sin darse cuenta, negaban que Dios en Jesús, hubiera ofrecido la salvación a todo el mundo con la única condición de acogerlo en la fe. Sin más condiciones. Con esto recibíamos el “status” de hijos de Dios. 
4. Esto suscitó un problema muy serio. Tanto que para solucionarlo, se organizó un concilio. El concilio de Jerusalén.  Hubo discusiones muy animadas. Pedro tuvo que justificar el hecho de haber entrado en casa de paganos y  de haber compartido con ellos. ¡Intolerable! Y lo hizo con convicción: Dios les dio el Espíritu Santo igual que a nosotros, sin hacer ninguna diferencia entre nosotros y ellos, puesto que les ha purificado el corazón por la fe.  Es más, ¿cómo pretendemos dar lecciones a Dios, imponiendo a los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos sido capaces de soportar? Nosotros creemos que tanto ellos como nosotros -exactamente igual!- estamos salvados por el don gratuito del Señor Jesús.
5. Por su parte,  Pablo y Bernabé explicaban los milagros y prodigios que Dios había obrado por medio de ellos entre los creyentes de origen no judío.
6. Finalmente el más conservador del concilio, Santiago, el hermano del Señor, comprendió las razones de Pedro, de Bernabé y de Pablo: Jesús nos salva a todos y nos iguala a todos sin barreras de ley y de costumbres, de raza y de lengua, de religión o de partido de derechas o izquierdas o del centro. Dios en Jesús nos reconoce a todos como hijos suyos muy amados.
7. Los principios eran claros. Pero había que tener en cuenta la sensibilidad de los cristianos de origen judío que todavía mantenían sus costumbres muy arraigadas y fundamentadas en la Ley de  Moisés.  Pero no habían de imponer a los demás. No imponer a nadie más cargas que las indispensables para una convivencia  fraternal. Los principios muy claros: la libertad de los hijos de Dios, una libertad limitada sólo por una caridad muy viva, el amor y el respeto mutuo. ¡AMAOS! Esto es todo.  A la larga este principio se concretará en una fórmula atribuida a san Agustín:  In  necessariis  unitas,  in  dubiis  libertas,  in  omnibus  caritas. Así. Con la contundencia del latín. En las cosas esenciales, unidad. En la discutibles, libertad. Y en todas partes y siempre y en todo la caridad, el amor, la comprensión, la ternura, la flexibilidad.
8. Una comunidad así es el santuario donde habita Dios. Es el reflejo de ideal del Apocalipsis. Esta es la novedad del evangelio de hoy:  Vosotros, tú y tú y tú, sois el santuario donde residen el Padre, el Hijo y Espíritu Santo... El corazón de cada cristiano es el templo vivo de Dios. En medio del desierto y del éxodo de nuestra historia, Dios habita  verdaderamente en cada creyente. La Iglesia no es un lugar: la Iglesia somos nosotros.
9. Para que lo entendamos mejor, el Padre nos ha enviado  su Espíritu, el  Paráclito, que nos recuerda y actualiza  la enseñanza de Jesús. Jesús, antes de irse visiblemente de nosotros, nos ha dejado su paz y una presencia nueva. Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo.  Yo estaré con vosotros  siempre, hasta el fin del mundo.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: www.catedraldeapatzingan.blogspot.mx

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