domingo, 1 de noviembre de 2015

FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Las lecturas de este día nos dicen 1) Qué somos. 2) Qué seremos? 3) Cuál es nuestro camino?

1. Qué somos? Lo decimos en el Padre nuestro: Somos hijos de Dios, no de nombre sino realmente. Somos hijos del Padre del cielo y hermanos de Jesús. Hemos sido hechos y amasados en el mismo molde. Todos, hasta el más insignificante de los cristianos. Esta es nuestra grandeza.

No siempre lo parece, que somos hijos de tal Padre. No siempre le hacemos quedar bien. Pero él nos tiene por hijos y como a hijos nos ama.

Como hijos, queremos que nuestro Padre sea conocido, amado y respetado. Y que llegue a todos nuestros hermanos del mundo entero nuestro pan y nuestro perdón. Que miremos de hacer de este mundo nuestro, de nuestra familia, de la parroquia  un reflejo del cielo, donde todos nos amemos como hermanos y lo expresemos creando un clima de amor, de comprensión, de solidaridad.



2. Qué seremos? De hecho pertenecemos al número de los 144.000 marcados desde el bautismo con el crisma: aquella unción que nos hace, como Jesús: sacerdotes, profetas y reyes. Somos muchos, muchísimos: 12x12x1.000= 144.000, somos la iglesia fundamentada en la fe de los 12 patriarcas de Israel y sobre los 12 apóstoles de Jesús.

Y todos juntos recorremos nuestro camino. Nosotros todavía no hemos llegado a la cumbre. Pero vamos avanzando con Jesús que camina en y con nosotros, y, si hace falta, nos carga sobre sus espaldas como el buen Pastor.

Pero muchos, muchísimos hermanos nuestros han alcanzado la cumbre: una inmensa multitud de toda lengua, pueblo, raza y color y cultura. Innumerable.

Unámonos a su liturgia gloriosa desde nuestra eucaristía de hoy tan humilde y tan sencilla. Están ante Dios, vestidos de blanco con la palma de la victoria en las manos, con multitud de ángeles, con toda la creación representada por los cuatro vivientes, con los 24 presbíteros –ancianos- concelebrando, representando al antiguo y al nuevo Israel.

Dejémonos impregnar de esta contemplación. Y encendamos la llama de la esperanza: También  disfrutaremos nosotros de la misma felicidad de que esta multitud ya disfruta.
Como dice san Pablo: Los sufrimientos del tiempo presente, ni sufrimientos son, comparados con la realidad divina que Dios nos revela.  Han salido victoriosos de la gran tribulación, la misma que sufrimos nosotros. Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos como nos los enjugaba nuestra madre cuando éramos niños.



3.  ¿Y el camino? Pasa por donde pasamos nosotros. Las cuatro primeras bienaventuranzas proclaman felices a los pobres, a los que lloran, a la gente buen corazón, a los pasan hambre y sed. ¿Extraño, no?

Son felices no por el hecho de ser desgraciados o pobres o muertos de hambre y de sed, sino porque Dios está de su parte para librarlos de estas situaciones conflictivas.
Aquí la pobreza es vivida como  apertura confiada a la voluntad providente del Padre.
El luto y los llantos se convierten en consuelo porque el sufrimiento y la muerte son como el grano de trigo sembrado en la tierra y germinando lleno de vida.
La generosidad hacia los demás indica la aceptación del reinado de Dios.

Una aceptación no pasiva y resignada sino seguida y acompañada del compromiso personal de cada cristiano de cambiar la realidad realizando el reinado de Dios que pedimos con el Padre nuestro. Es el sentido de las otras cuatro bienaventuranzas.
Es el compromiso de la misericordia y la solidaridad que nos impulsa a compadecer – padecer con- y compartir.
Es el compromiso de vivir una vida honrada y limpia: corazón limpio, mirada limpia, intenciones transparentes. Es la mejor píldora contra la corrupción que parece que lo contamina todo. Corazón limpio para ver Dios en los hermanos. Para mirarlos con los ojos de Dios y amarlos con el corazón de Dios.
El compromiso de trabajar por la paz y la reconciliación en todas partes, empezando por el palmo cuadrado que Dios nos ha confiado a cada uno de nosotros: la familia, las amistades, el trabajo, el esparcimiento.
Y el compromiso de mantenernos firmes ante la persecución que en una forma más o menos larvada nos afecta: si te declaras cristiano, fácilmente te hacen el vacío. Incluso parece que has que pedir perdón por serlo y permiso para comportarte como tal.


El cielo es la culminación de nuestro camino. Y crear espacios de cielo en la tierra es nuestra tarea de cristianos. Todos los Santos –los del cielo y los de la tierra- nos alientan a cumplir con alegría, fidelidad y esperanza nuestra misión.  



Texto: J. Sidera cmf para CyF Hoy
Fotos: Revista Ecclesia

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